Liam y Yo

DESCANSO

Ayer gordito realmente tenía muchas ganas de sentarme a escribir, pero, la verdad, como bien me conocés, no tuve un segundo para sentarme a hacerlo. Fue una cosa tras otra y, siendo este espacio tan especial para mí, no quería hacerlo a las corridas, por lo que decidí tomar un descanso como aquellos parates que hacía cuando estabas conmigo…

Habiendo vivido a mi lado durante 7 años conocés muy bien mi ritmo: varias actividades, algunas similares, otras demasiado distintas, horarios estrambóticos, de aquí para allá, con la lengua afuera y sin olvidar la casa que siempre termina siendo un trabajo más. Cuando vos estabas acá, recordarás muy bien que siempre me hacía un huequito para un merecido descanso y ese momento siempre te tenía como invitado especial.

Porque, aun consciente de que tenía millones de tareas por resolver, sabía que mi cuerpo y mi cerebro me pedían a gritos una pausa. Por su parte, mi corazón, me decía que ese recreo tenía que ser con vos y así ocurría…

Cada vez era algo diferente. Podíamos dormir una hermosa y breve siesta, bien aplastados; había ocasiones en las que lo mejor era agarrar una pelota y jugar, escuchar música juntos, salir a dar una vuelta en el auto… siempre inventábamos algo para relajar un poco la mente tan estresada por la vida humana.

Ayer me pasó eso: estaba pasada de rosca. Creo que sólo vos y Zarah me conocen verdaderamente así. Cuando se me caen los ojos y pierdo la voluntad para todo, pero me obligo a cumplir con cada cosa porque mi sentido de la responsabilidad me quema el marote.

Además de haber trabajado como todo sábado (así es, mis fines de semana son efímeros), intenté resolver todo lo que en los días de la semana no puedo y, a pesar de eso, me terminé sintiendo culpable porque no había terminado con tareas pendientes del trabajo. Dejé que me saliera humo de la cabeza hasta que recordé aquellos instantes compartidos. La miré a Zarah y le dije: «por hoy, suficiente». Dicho eso, ya tarde, decidí ir a ducharme. Me hubiese gustado sentarme a escribir una nota, pero, sinceramente, mis tiempos eran acotados. Sabés que este es un mes complicado por ciertas actividades que debo terminar, pero bueno, últimos esfuerzos ya…

Si bien no pude cumplir con mi relato del día, sí te pensé muchísimo. Porque, sencillamente, eso sucede todos los días de mi vida. Te llevo conmigo a donde voy. Y cada vez que me cruzo con otro perrito, te pido por favor que lo cuides para que tenga una vida feliz como vos la tuviste.

Así que aquí estoy hoy, sin consejos, sin anécdotas particulares, pero sí con nuestra imagen de descanso muy presente. Porque siempre admiré esa capacidad tan perfecta de relajarte que tenías, de entregarte al universo onírico con tanta paz, de ser tan buen compañero de siestas y recreos…

No te das una idea cómo me gustaría que estuvieras acá, que hubieses estado merodeando junto a Zarah esta tarde mientras cortaba el pasto, que me hubieses robado la manguera mientras regaba, que te hubieses llevado las servilletas mientras almorzábamos. De verdad, Chancho, qué lindo sería poder volver a cerrar un domingo con vos al lado mío como tantas veces lo hicimos, con la satisfacción de tenernos, sin importar que el mundo explotara porque nosotros estábamos donde queríamos estar, pata y mano unidas en un pacto de eternidad… te amo con el alma, Gordo de mi corazón…

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