Liam y Yo

SIESTAS

Ya había mencionado lo mucho que me gustaba dormir con vos y tu capacidad de plancharte enseguida. Pero bueno, hoy, en un día bastante agotador para mí, tengo la necesidad de hablar de las siestas que solíamos tomar juntos.

Para empezar, voy a ser muy sincera: tengo sueño, mucho sueño… y eso es lo que me impulsa a volcar en estas líneas este tema que, al mismo tiempo que lo pronuncio, me provoca un sentido bostezo.

Siempre dije que no era muy amiga de la siestas, pero lo cierto es que, en ocasiones, considerando mi ritmo de vida, el cuerpo me lo pedía. Y, claro, ahí estabas vos para hacerme el aguante.

Nunca fallabas. Te decía: “¿hacemos noni un ratito?” y vos me mirabas como no entendiendo si era real mi propuesta, dado el horario. Por lo tanto, esperabas a que efectivamente estuviera en la cama para corroborarlo. Entonces, mientras yo me hacía la dormida, pegabas un salto bien calculado para caer todo aplastado encima de mi pequeño cuerpecito.

Era muy gracioso porque, tras ese enfático brinco, se escuchaba un sonido extraño cual ronquido de sueño profundo.

De ahí en adelante, estimo que se desarrollaría un concierto entre los dos, puesto que lográbamos descansar con una paz absoluta.

Porque, aun sabiendo que mis momentos eran acotados, que no podía darme el lujo de dormir mucho, ese ratito que compartíamos era de una calidad magistral.

Las preocupaciones se extinguían, era una entrega completa al mundo onírico en la mejor de las compañías.

Y cuando, lamentablemente, sonaba nuestro enemigo, el despertador, no podía evitar las risas al verte todo despeinado, con la mirada fruncida, esperando que concediera un poquito más de eso que tan bien nos hacía.

Si bien no podía continuar durmiendo porque las diversas ocupaciones clamaban mi presencia, sí podía regalarnos unos minutos para unos mimos y algún que otro juego improvisado.

En fin, así eran nuestros días, Chancho. Y no te puedo explicar cuánto los extraño…

Hoy realmente tuve innumerables actividades sobre mis hombros, por lo que hubo instantes en que se me caían los ojos al punto de incomodarme porque no tenía un minuto para recostarme y sabía que si lo hacía, tampoco iba a ser lo mismo.
Admito que evito las siestas últimamente porque me generan un dolor profundo al no poder sentirte aplastado sobre mí. Agradezco que Zarah haga sus intentos para que pueda descansar un momento y me acompaña a su manera, pero ella también sabe muy bien que algo nos falta… nos falta nuestro Chancho roncador, dueño de los mimos más pomposos y de la cara de dormido más adorable del mundo mundial… por eso y por tantísimo más es que no dejo de pensar en qué dichosos son aquellos que hoy pueden, en el cielo, compartir una siesta con vos… 🙂

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