Liam y Yo

LAS VISITAS DE LOS ABUELOS

Verdaderamente me siento una privilegiada por haber crecido en un hogar en donde hubo bellos seres de cuatro patas desde la cuna. Siendo muy chiquita, mis papás me enseñaron a amar y respetar a los animales, a quererlos como parte de la familia. Y eso vos lo notaste enseguida, por eso te encantaba y disfrutabas tanto cuando tus abuelos venían a visitarte.

Cada encuentro era un derroche de alegría. Desde la entrada los recibías con tus sonidos extraordinarios, en un volumen particularmente alto, demostrando con todo tu cuerpo la felicidad que te producía verlos.

Por supuesto que celebrabas cada llegada con uno de tus juguetes en tu boca, un poco a modo de ofrenda, otro poco negociando la promesa de convertirte en el centro de atención durante la totalidad de la estadía.

Desde tus primeros días en casa vinieron a verte como buenos abuelos que eran. Es que, como vos y todos saben, no había forma de no querer visitarte, todo Chancho, alegre, pomposo, apretujable.

En una milésima de segundo lograbas tenerlos a tus pies, sentados en el piso, respondiendo a tus pintorescas demandas.

Resulta difícil describir con exactitud todos los sentimientos que corrían por tu corazón en esos momentos, porque no alcanzan las palabras… ni bien sonaba el timbre empezabas a ladrar y yo te miraba, diciendo… “¿Quiénes vinieron?” –pregunta que te hacía saltar y ladrar más fuerte- entonces agregaba… “¿los abuelos…?” y así los saltos se acrecentaban, llevándote a correr por todo el departamento en busca de algún juguete.

En ese éxtasis total ibas hasta la puerta para darles las mejor de las bienvenidas.

Te gustaba mucho pasar tiempo con ellos porque te brindaban mucho amor… porque… no por nada yo soy así… hay cosas que uno hereda y lo cierto es que no hay herencia más hermosa que la que a mí me tocó.

Por eso te dolió tanto enterarte de la partida de tu abuela… la sufriste conmigo a la par, pero tuviste la fortaleza para darme tu pata y sostenerme en mi desconsolada tristeza.

Me acuerdo ese día gris en que llegué a casa envuelta en una de sus ruanas. No parabas de olfatear hasta que me senté y me puse a llorar. Entonces, te acercaste y te sentaste hasta quedar bien pegadito a mí. Apoyaste tu cabecita sobre mis piernas, esbozaste un suspiro y me hiciste sentir que no estaba sola, que compartías mi dolor, pero que ibas a hacer lo que fuera para que, de algún modo, pudiera estar mejor.

Objetivo cumplido, como siempre. Con vos al lado, todo podía digerirse de otra manera, más allá de que la tristeza atravesara mi alma entera (y sé que la tuya también).

Sé que la extrañaste como yo, por eso, cada vez que veías al abuelo, le hacías una fiesta llena de esplendor, para mimarlo a él también, demostrándole cuán importante era para vos…

Fue tan grande ese amor, que pudiste compartir con el abuelo tus últimos días, momentos que sé que jamás olvidarás. Y por eso, por todo ese bello sentimiento que nos unió y aún hoy nos mantiene unidos, es que, incluso extrañándote con locura, tenemos la dulce certeza de que allá, donde quiera que estés, te encontrás ladrando y saltando de alegría, siendo el anfitrión de las más cálidas fiestas para la mejor invitada que podés tener, tu maravillosa abuela, mi amada mamá…

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