Liam y Yo

COLONIA DE VACACIONES

El verano de 2014 fue más que especial para nosotros, dado que tuvimos nuestra primera colonia de vacaciones. Sucede que tu tía y gran amiga mía, la Colorada, se tenía que ir unos días a pasear y dejó a nuestro cuidado a su hijo Genaro. Para ese entonces, Zarah ya vivía con nosotros, por ende, se había formado un hermoso grupo de amigos que pasaron los momentos más lindos que uno pueda imaginar.

Claro que Zarah siempre intentó poner distancia en lo que a madurez respecta y en ocasiones los observaba como no pudiendo entender por qué hacían tanto escándalo por una corrida o una pelota. No obstante, siempre se mostraba feliz de estar rodeada de tanta pasión juvenil.

Aquellos días se convirtieron en una diversión constante para los cuatro, porque por supuesto que yo también la pasaba muy bien cuidándolos y jugando.

Recuerdo el primer día en que llegó tu tía con Genarito antes de concretar las vacaciones. Sabíamos las dos que ustedes se llevarían excelente porque se conocían prácticamente desde la cuna, pero temíamos que hubiese algún inconveniente con la doncella, así que organizamos un primer acercamiento.

Como esperábamos, todo salió perfecto. En cuanto ella los vio saltar y ladrarse de alegría, no tuvo ninguna duda en sumarse, aunque al principio tímida, hasta adquirir confianza plena.

Tal era la comodidad que se había generado que había noches que temía quedarme sin cama, debido a que todos querían ser parte del sommier y todos querían estar encima del otro, por lo que se tornaba un descanso un tanto aplastado.

Durante el día íbamos variando las actividades que, por supuesto, siempre te mantenían húmedo a vos y completamente secos a los otros dos. Lo sé, Chancho, sólo mamá entendía tu afición desenfrenada por el agua.

Por las noches, esas bien hermosas y calurosas del típico enero en La Plata, escuchábamos música, bailábamos, saltábamos y le poníamos aún más color al cierre de otra espectacular jornada.

Realmente amé ese verano porque te recuerdo muy feliz. Sentía que en cada sonrisa y en cada mirada me estabas diciendo “gracias, má, por invitar a mi mejor amigo a quedarse a dormir unos días en casa”.

Eras tan compañero, tan bueno, tan incondicional… prestabas tus juguetes, tus almohadones, todo. Nunca un tarascón ni un movimiento malintencionado.

Amigos desde la cuna

Los tres se llevaban muy bien. Ni siquiera se generaban problemas a la hora de comer. Cada uno en su lugar, con su platito, se encargaba de llenarse la pancita sin molestar al otro.

Verdaderamente sigo sumando recuerdos que me dibujan una sonrisa, en sí, porque me recuerdan la tuya. Esa capacidad innata para exprimir cada instante al máximo, para valorar los momentos que te regalaba la vida, para mostrarte agradecido por cada cosa que te sucedía, para brindarte al 100% cada día…. Ojalá pueda ser como vos, aunque sea parecerme un poquito… básicamente, es lo que intento desde que no estás. Es mi homenaje el poder transitar mi cotidianeidad con una sonrisa más allá de todo y de todos, encontrando en cada jornada, mi espacio para los bellos sentimientos… es mi manera de demostrarte que tu paso por aquí fue tan fuerte que hoy, teniéndote en otro plano, te llevo tan grabado que puedo sentirte empujándome para que no deje de buscar todo aquello que me hace bien… por eso traigo estos recuerdos tan simpáticos y maravillosos… porque me dan alegría, a pesar de las lágrimas al saber que ya no estás… sí, a pesar de eso siento alegría. Porque me enseñaste a no detenerme en lo malo, pero sí apreciar con todas las ganas aquello que tan bien hace. Y vos, Chancho de mi corazón, me diste los mejores 7 años de mi vida. Me quedo con eso que es el mejor motor que se puede tener para encarar cada día. Gracias, gracias, gracias!!!

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