Liam y Yo

¿BAILAMOS?

Luego del descargo de anoche y, considerando que es viernes, me pareció que sería muy bueno recordar cómo solíamos pasar nuestras noches de fin de semana. Si bien siempre había juegos para no perder la costumbre, en muchas ocasiones nos dedicábamos a bailar alguna que otra pieza.

Y sí, ahí es cuando no comprendo el cuestionamiento de muchos humanos sobre el “quedarme con los perros” en lugar de salir. Porque la única conclusión que saco de eso es que, o no vivieron jamás con un bello cuatro patas, o lo tienen de adorno en el jardín. A mí me gusta compartir mi vida con ellos y que todos en esta casa la pasemos bien. Por eso se generaban largas noches de música, actividades varias y ladridos.

Juntos hemos bailado diversos estilos musicales. Nuestro gusto era muy amplio. Sobre todo el tuyo que siempre aceptabas cada tema sin queja alguna. En todos demostrabas tu entusiasmo, saltando a la par, mordisqueándome, ladrando, golpeando cada cosa que te topabas con tu cola loca, siempre sonriendo, siempre predispuesto a generar un momento mejor que el otro.

Después de una larga semana de arduo trabajo, de horas interminables, de tolerar la histeria de la gente al volante, estar en casa con vos era lo mejor que me podía pasar. Desde el instante en que abría la puerta y nos veíamos, se me iba el cansancio y desgano de una eterna jornada e, inmediatamente, se renovaba toda mi energía al escuchar los ruidos peculiares que solías hacer con tus juguetes en la boca…

Bastaba sólo ese encuentro para saber que me quería quedar y no volver a salir. Deseaba darte un fuerte abrazo, aplastarnos en el suelo, jugar un rato, poner música y bailotear por toda la casa. Ni siquiera hacía falta que te fuera a buscar: en cuanto empezaba una canción y te decía “¿Bailamos?” la magia se encargaba de todo y pasábamos las noches más divertidas de la historia.

Recuerdo que hasta inventábamos coreografías que eran comandadas con el repasador en mi mano. Yo te iba guiando y vos muy atento me seguías. A veces usaba un pañuelo o pashmina. Digamos que se trataba de utilizar lo que más estuviera a mano para no romper con el clima.

Verdaderamente la pasábamos muy bien. En ocasiones me tentaba y terminaba riéndome hasta que me dolía la panza. Vos, por supuesto, ladrando a la par.

Éramos un gran equipo. Bailábamos hitazos de moda, -yo, por las dudas, adaptaba las letras para que llevaran tu nombre-, y, también, teníamos nuestros momentos para los lentos.

También te subías a la silla, y mientras te quedabas sentadito mirándome, yo te dedicaba lo que estábamos escuchando. Con toda tu paciencia, te bancabas mis notas desafinadas, me dabas la patita y me llenabas la cara de lengüetazos en señal de agradecimiento por mi serenata.

Qué viernes tan distintos que tengo ahora… no sabés cómo extraño aquellos días tan magníficamente entretenidos…

Y yo sé que la tengo a Zarah, quien me hace el aguante como la más grosa, pero es verdad (y no exagero, de hecho, me quedo corta con lo que digo) que cada vez que queremos hacer algo que era muy típico de los tres, existe un instante en que las dos nos frenamos y nos perdemos en nuestras miradas. Me crean los humanos o no, esa es mi realidad diaria: con Zarah nos comunicamos así. Nos detenemos a observarnos y ahí nos decimos todo. Ahí entendemos que aún nos queda una pieza por bailar a los tres, esa que, seguramente, cuando el cielo nos vuelva a reunir disfrutaremos con la misma efusividad que ayer.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *