Liam y Yo

“INJUSTIFICADA”

Por hoy no habrá anécdotas pintorescas. Hoy voy a contarte, Chancho, algo que me sucedió luego del día más triste del 2019. Sin ánimos de ofender a nadie, no voy a dar nombres y, aprovechando que me desempeño laboralmente en más de un lugar, sólo me dedicaré a narrar evitando especificar a quiénes me refiero. Claro que, los que me conocen muy bien, sobre todo vos, lo sabrán enseguida y, contra eso, no puedo hacer nada. Así que, como me gusta decir muchas veces, “so sorry”…

En fin, pasemos a los hechos:

El día después de tu partida, estaba absolutamente destrozada, de manera tal que me era imposible armar una oración y que se entendiera lo que decía. Por lo tanto, tu tía Daniela me hizo el gran favor de comunicarse con los distintos espacios en donde trabajo para avisar que no podría hacerlo en esa fecha. Lejos de inventar una excusa o recurrir a un certificado médico berreta, me manejé con la verdad. Pero no todos reaccionaron de la misma manera. Parece que para algunos humanoides, ser honesto no es suficiente. Sin embargo, en aquel entonces, se habían mostrado compungidos ante mi pesar, sobre todo la mujer que se encargó de decidir que ese día se me descontaría del sueldo. Porque, claro, “la muerte de un perro” (como seguramente describieron sus limitaciones cerebrales) no es causa para que alguien se sienta tan mal que le cueste trabajar. De todos modos, conociendo a esta “persona”, tampoco estoy segura si le afecta el fallecimiento de un par… dicen por ahí, que aun cuando se tratase de un humano, su frialdad sería la misma. Porque, ante todo, los números de su bolsillo nefastamente lleno a costa de aquellos a quienes maltrata con su peculiar tono de voz, ese zumbido constante que destella chillidos diarios.

Esa persona, el día que me vio por primera vez, después de tu partida, cual Judas, me dio un abrazo con palmadita en la espalda para saludarme y hasta intentó una expresión de compasión… para nada creíble, por supuesto.

Hoy, un mes y medio después, me entero que en aquel triste día de mi vida, mientras se esbozaban frases del estilo “quedate tranquila”, “tomate tu tiempo y hablamos cuando te sientas mejor”, se estaba calculando cuánto porcentaje se me tenía que descontar por la falta que estaba cometiendo. Porque, no era un ausente con aviso, no era una situación delicada, no era que la empleada amaba y ama a sus perros como sus hijos. No. Silvina estaba generando una “falta injustificada”.

Y ahí me quedó rebotando la palabra “injustificada”….

Injustificados son los llamados fuera del horario de trabajo y al teléfono personal.

Injustificados son los argumentos que deben transmitirse a los gritos.

Injustificada es la falsedad que esconde un puñal.

Injustificada es la necesidad de tener siempre cara de enojo (vocabulario adaptado para la publicación, que el lector utilice mientras lee, el sinónimo que más le plazca).

Esas son cosas injustificadas. Que vos te hayas ido de este mundo es injustificado. No que yo te llore con el alma hecha pedazos. Que me tenga que bancar que un ser humano infeliz me lastime así es injustificado. Porque sabemos que no me importa el dinero en esta cuestión. Me importa la falta de humanidad, el destrato, el desprecio, la escasez de calidad humana.

Pero, claro, ¿cómo me sorprendo si por alguna razón siempre termino en la misma conclusión? Seres como ustedes, tan puros de corazón, son imposibles de encontrar en nuestra especie. Entiendo que esta mujer jamás aprendió lo que es el verdadero amor y quizás sea yo hoy quien la mire con compasión. Porque injustificado es que existan humanos desalmados como ella y deban partir verdaderos ejemplos de entrega incondicional como vos.

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