Liam y Yo

PUERTAS

Otra de las tantas cosas que solíamos disfrutar juntos era pasar largos ratos “haciendo puerta”. A veces lo hacíamos en la de calle cuando volvíamos de pasear, otras veces en la del pasillo, había ocasiones en las que tan sólo te dormías una siesta en la puerta del patio… la cuestión era destinar un momento para aquella actividad que por instantes parecía que nos instaba a la reflexión porque nos quedábamos los dos quietitos, compartiendo pensamientos.

Como era costumbre, siempre había lugar para la sesión fotográfica y, gracias a ello, hoy cuento con millones de recuerdos impresos en hermosas imágenes.

De la mima manera que me pasa con cada anécdota que plasmo en este sitio, amaba aquellos días en que nos quedábamos mirando a la gente pasar (quienes, al mismo tiempo, se percataban de que te hablaba como esperando respuestas –no entendían que sí las tenía).

Me encantaba que nos aplastáramos en el umbral cuando volvíamos de dar un extenso paseo. Estábamos los dos con la lengua afuera. Yo te abrazaba y nos quedábamos respirando el aire fresco con tranquilidad como si no existieran los relojes y la prisa no nos sorprendiera con su visita.

También me gustaban mucho esas tardes en donde nos quedábamos del lado de adentro, en el pasillo, porque teníamos más libertad y, por tu parte, podías jugar en un espacio altamente seguro. En esos momentos, por supuesto, alguno de tus juguetes nos acompañaba. Después, claro, llegaban esos minutos en que sin que dijera nada, los dos hacíamos lo mismo: mirábamos hacia el cielo como buscando lo mismo, suspirando por lo mismo. Inmediatamente, un lengüetazo de tu parte me confirmaba que sabías perfectamente lo que estaba pensando…

Porque siempre me acompañaste en todo, estuviste al 100% en los momentos más tristes y difíciles de mi vida. Nunca te apartaste de mi lado. Como conté en otro de los relatos, hasta cuando lloré por vos, me secaste las lágrimas…

Estimo que algún significado debe tener nuestra afición por las puertas, siempre abiertas, nunca cerradas. Porque, así éramos, en cada uno de esos momentos, dejábamos aunque sea un pedacito entreabierto. Quizás esté relacionado con la apertura de nuestros corazones. Porque así estuvieron desde que nos vimos por primera vez: abiertos el uno para el otro. Y así quedaron. Porque este amor tan fuerte traspasa todo y es tan intenso que incluso si alguien osara cerrar las puertas, podríamos derribarlas con tal de volvernos a encontrar. Porque sí, mi chancho hermoso, este amor es tan perfecto y único que me enseñó que el “para siempre” existe realmente, porque es eso que tenemos vos y yo, imborrable, inquebrantable, eternamente abierto a crecer más y más…

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