Liam y Yo

PRIMOS

Algo que te gustaba mucho era salir a visitar a tus seres queridos y, sobre todo, a tus amados primos, Tomás y Tizo. Con Tomás tenías esa relación especial de haber vivido un tiempo bajo el mismo techo, como contaba en uno de los relatos. Con Tizo, digamos que tenías una relación de esas que pasaban “del amor a los tarascones correctivos”. En tu defensa, “es que no te tenían paciencia”. 😛

Vos eras un cachorrón, de hecho, hasta el último día lo fuiste. Pero en ese entonces, muchísimo más. Llegabas todo contento, a los saltos, a besuquearte con Tomás y, claro, Tizo, generalmente, se ponía celoso. Al parecer, Tomás era una especie de damisela por la que ambos se batían a duelo.

Con Tizo

Pero bueno, esos sólo eran momentos mínimos comparados a las extensas tardes de juegos, en donde el único que terminaba todo embarrado eras vos. Los otros dos, siempre impecables. Ya conocemos las explicaciones al respecto: tu amor desenfrenado por el agua y el barro hacían lo suyo cada vez que se reencontraban. Era muy gracioso ver las expresiones en los rostros cuando te revolcabas en el suelo o te zambullías en un charco. Les faltaba agarrase las caras con las patas y mover la cabeza de lado a lado.

Con Tomás

Realmente pasaban juntos tardes maravillosas en las que, no sé por qué, siempre eras quien terminaba rodando por ahí. Las malas lenguas decían que se debía a que eras “el rellenito” del grupo, pero mamá siempre te decía que no era así, que vos simplemente eras “pomposo”.

Rodando

Además, los deportes eran algo común que solían practicar cada vez que se veían. Las casas de tus primos eran un gran parque de diversiones para vos porque tenías muchísimo espacio para correr y saltar.

Lanza pelotas especial o manual, aventuras acuáticas (sólo vos eras el único valiente que se animaba), tire de la cuerda y muchas actividades más los tenían entretenidos durante horas hasta dejarlos a los tres con las lenguas afuera.

No había cosa más linda que verlos divertirse tanto, sobre todo, porque yo también podía jugar con ustedes. Hermosa caricia para el alma pasar tardes tan asombrosas.

Entre los tres iban pautando los momentos: largas corridas, descanso, saltos, ladridos y otro poco de descanso.

Una admirable imagen se generaba al contemplarlos, tan unidos, como hermanos, compartiendo el mismo espacio, los juguetes, el agua… es que no era muy difícil de entender. En sus esencias el egoísmo no tiene asilo. Son seres demasiado puros como para andar alojando cuestiones tan humanas.

Volver a traer estas imágenes a mi mente me devuelve a la misma reflexión que tengo a diario: qué necesario es para el mundo que existan personas que sientan y vivan como ustedes. Son los grandes maestros de todos los tiempos. Los que enseñan con el accionar y no con el habla. Los que abren las puertas de la casa sin discriminar. Los que se brindan al 100% incondicionalmente. Los que aman con todos los huesos… qué bello sería el mundo si así fuéramos todos, no?

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