Liam y Yo

MI HINCHA FAVORITO

Como buena dupla que éramos, hacíamos todo juntos así que, cada vez que jugaba River Plate, ahí estabas conmigo, con tu camiseta puesta. También luciste la de Argentina, porque, juego que implicara una pelota, no cabía la menor duda que iba a interesarte. Por eso, alentabas como fiel hincha que eras.

Siempre estabas pegado a mí en cada partido, bien atento. Y, cuando llegaba el gol, pegabas un sobresalto ante mi grito y luego expresabas tu alegría con la misma efusividad a través de tus ladridos.

Juntos vivimos grandes festejos, campeonatos ganados, mundiales, decepciones, pero siempre alentando con el corazón. Porque así creciste conmigo y no tardaste en contagiarte la pasión. Además, eras un gran jugador. Incontables son las pelotas que tuviste. Algunas con final catastrófico, otras sanas y salvas.

Recuerdo el ritual antes de cada partido, me veías agarrar la camiseta y enseguida te sentabas al lado mío, esperando que te vistiera. Tranquilito ahí te quedabas hasta que te pasaba la cabeza, una patita y la otra patita. Divina te quedaba. Nunca vi hincha más hermoso en el mundo mundial. 🙂

Una vez lista la indumentaria, te sentabas en la misma silla de cada partido (ante todo, las cábalas) y te sacaba una foto. Claro que después sacaba miles más, pero esa foto era clave, esa foto nos dio muchísimas alegrías.

La verdad es que siempre me gustó el fútbol, pero desde que empecé a compartirlo con vos, me gustó mucho más. Era una experiencia única. Yo hacía comentarios, a veces eufórica, y vos me mirabas atento como asintiendo (o tal vez pensando, esta mujer está desquiciada!!!).

Como destaqué anteriormente, eras un muy buen jugador. Tenías pelotas de todos los tamaños con las que corríamos y pateábamos por horas. Hasta teníamos un lanza pelotas, ¿te acordás? Te encantaba porque te hacía correr muchísimo y después venías todo contento a devolver el juguete para que volviera a salir volando. También recuerdo que para uno de tus cumples, recibiste tu pelota de River. Era muy grande para poder agarrarla con la boca, pero te las ingeniabas muy bien para jugar igual.

Por estos momentos y por todos los que describo todos los días, subrayo que nuestra relación fue tan linda porque estuvo llena de amor y diversión, dos condimentos esenciales para transitar esta vida. Es justamente por eso que cuando caigo en un mar de lágrimas recordándote siento la fuerte convicción de que fuiste un perro feliz y eso me alegra el alma. Me hubiese gustado tener más tiempo para vivir más cosas a tu lado, sé que nos quedaban millones. Pero, de todos modos, amo y valoro cada segundo a tu lado, porque vivimos al máximo estos 7 años. Los disfrutamos sin privarnos de nada. No escatimamos en cariño, que es lo más importante. Nos dejamos llevar siempre por los sentimientos que, por cierto, fueron los más bellos.

Haber compartido esta vida con vos ha sido y es un aprendizaje constante, aun cuando ya no estás físicamente. Porque sigo entendiendo que estamos acá por algo y que no hay que subestimar a ese algo. Por eso, elijo seguir tu ejemplo, y disfrutar de cada momento, dejando de lado aquello que no va más y dándole lugar a lo que hace bien. Una de las tantas maravillosas enseñanzas que grabaste en mí es el poder buscarle la vuelta a todo para sonreír como sea. Un poco ya lo venía aprendiendo de mi mamá; vos te encargaste de que le agregara ese ingrediente que dice “no por miedo a errar vas a dejar de jugar”. Gracias Chancho!!! 🙂

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