Liam y Yo

FIESTA DE DISFRACES

Nuestros días juntos eran verdaderamente divertidos. Siempre nos las ingeniábamos para pasarla bien. En ocasiones especiales, solíamos tener nuestra propia fiesta de disfraces acorde a la fecha, sea un Cumpleaños, Halloween, Navidad, o las sencillas ganas de jugar y hacer algo distinto.

Algunos humanos decían cuando veían tus fotos: “poobree, mirá lo que le hacés”… “¿Pobre?!!!”, exclamaba… no entendía eso. Si bastaba con que sacara un sombrero, una camiseta, anteojos o lo que fuera, para que te quedaras al lado mío esperando a que te vistiera.

Luciste bonetes, mis camisetas de fútbol, mis camperas, mis anteojos, bufandas, artículos de cotillón. Siempre tenías algo distinto para lucir e iniciar la sesión fotográfica que a posteriori cerraría con algún baile de los nuestros (de los que nadie se enteraría por aquel entonces 😛 ).

Para tus cumpleaños, además de torta, había indumentaria acorde. También para Navidad solías ser el modelo más hermoso que posaba para las tarjetas familiares.

Si bien en Argentina no celebramos Halloween, al ser profe de inglés sí lo hago con mis alumnos en el instituto, así que cada año me aseguraba de que en casa también tuviéramos nuestro festejo, más que por la fecha, por el mero hecho de entretenernos un rato.

Hasta fuimos los conejitos de Pascua. Porque, claro, si algo no me costaba a mí era prenderme en esas cosas. Con vos no sentía que hacía el ridículo, a pesar de que los humanos así lo creyeran. Con vos me salían esas carcajadas que nacen del alma, que te hacen doler la panza de tanto reír. Insisto con aquello que dije en otro relato: cuando nos poníamos a jugar con todas las ganas parecía que había una fiesta con 20 personas en el departamento.

Cada tanto, si llegaba a sonar mi teléfono o alguna red social y dejaba de prestarte atención por unos minutos, tomabas alguna parte del disfraz y te la llevabas para un rincón con esa actitud amenazante que parecía decirme “es fácil, dejás eso, volvés conmigo y nadie saldrá herido”, mientras tenías a tu víctima entre los dientes. Ese era el instante en que mis repuestas al teléfono concluían de la siguiente manera: “te dejo porque el gordo se está por mandar una…”

Como en cada ocasión, intentaba sonar convincente con mi “nooo, gordooo, nooo”, al mismo tiempo que me reía porque siempre me causaba gracia verte con algo que te sobresalía de esa bocota hermosa. Lo mío no era esa cosa de la autoridad, te habrás dado cuenta.

Es que amaba cada momento que pasábamos juntos porque siempre era especial. Cada día, sin siquiera proponérnoslo, estábamos escribiendo un nuevo capítulo de esta historia tan linda que hoy lleva tu nombre.

Estar con vos era lo mejor que me pasaba, estuviera rebosante de alegría o extremadamente triste. Porque me acompañabas en todo y tenías la capacidad de hacerme sonreír desde que nos levantábamos hasta que nos íbamos a dormir.

Por eso, cuando llegaban aquellas instancias de disfraces, me divertía el doble. La gente me preguntaba cómo hacía para que posaras así y yo les decía que no era mérito mío si no tuyo porque, desde que veías la cámara, te ponías sin que hubiera que decirte nada como si hubieses planeado dejarme impresos los recuerdos más bellos de mi vida.

Estar con vos era mágico, era una experiencia verdaderamente inolvidable.

Estar con vos eran todos los estados más plenos y maravillosos por los que se puede pasar. Estar con vos era una fiesta los 365 días del año… 🙂

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