Liam y Yo

THE DOG IS ON THE TABLE

La astucia ha sido una de tus grandes cualidades, entre tantas otras. Principalmente, tenías todo un tema con la mesa. Te gustaba acompañarme cuando trabajaba, comía o hiciera lo que fuera. Vos también tenías que sentarte cerca en una silla. Hasta ahí… bien. Sucede que no era sólo eso, a veces esperabas a que me levantara para limpiarme el plato, otras tantas apoyabas una pata con cara de mendigo, y en alguna ocasión, directamente, te subías de lleno….

Jamás voy a olvidar aquella mañana en que me di vuelta dos segundos para ir camino a la cocina y cuando volví eras parte de las cosas que componían la mesa, entre ellas, el mate y la computadora. ¿Qué podría hacer un Golden Retriever en medio de todo eso? Miles de respuestas atravesaron mi mente en menos de un minuto. Pero tenía que actuar rápido…. No había mucho tiempo antes de que convirtieras todo en una muestra de arte abstracto. Como para hacer las cosas más difíciles sabía que por el mero hecho de mirarte moverías la cola y eso implicaría que debería ser muy veloz para poder evitar que tiraras algo.

Ufff… fue difícil, pero lo logré. Al parecer no querías llegar tan lejos, porque te quedaste quietito hasta que quité los obstáculos. Entonces, esperaste a que te bajara, con esa paciencia de madre que vos instalaste en mí.

Seguramente cualquiera pensaría que te pedí que lo hicieras solo, que te ayudé con algún empujoncito. Pero vos y yo sabemos muy bien cómo te bajé de la mesa ese día: te sentaste, una patita en un hombro, la otra patita en el otro hombro, ¡upa bebé! Y así te bajé… -Si por una de esas cosas de la vida quien lee se pregunta cuál era tu tamaño para aquel entonces, les contaré que este día fue fotografiado y que esa imagen es la que encabeza este relato. 🙂

Es una de mis anécdotas favoritas. Eras bien cachorrón en un cuerpo gigante y pomposo. Tu mente parecía indicarte que tus dimensiones eran las de un Caniche Toy porque intentabas meterte en los lugares más extraños y cada vez que yo te preguntaba qué hacías ahí me mirabas confundido como si mi cuestionamiento fuese ridículo y no hubiese nada de extraño en verte todo trabado en un lugar pequeño.

Me gusta traer este recuerdo de la mesa porque, más allá de lo pintoresco y risueño de ese momento, aquel era un espacio que compartíamos todos los días. Verdaderamente te sentabas al lado mío siempre, me sonreías, me dabas besos, me robabas galletitas o lo que fuera comestible que estuviera al alcance de tu trompa. Nunca te reté por ello y no me importa lo que digan los mejores manuales de adiestramiento canino. Yo era feliz, vos eras feliz. La ecuación era perfecta.

Es raro sentarme hoy, mirar para el costado y encontrarme con una silla vacía. Por eso recupero estas hermosas historias. Es mi forma de volverte a ver ahí sentado, con tu lenguota afuera, todo contento, planeando tu próxima aventura, desbordado de amor, de ternura… no hay manera en que no pueda sentirte conmigo. Porque estás en todo lo que hago cada día de mi vida. Porque nos compartimos en cada instante y eso no se borra. Porque el amor puro, ese que es real al 100% es indeleble. Y eso es, precisamente, lo que existe entre los dos desde el primer segundo en que nos miramos hace 7 años atrás…

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