Liam y Yo

TU TROFEO PREDILECTO: EL REPASADOR

Entre tantas cosas que te encantaba “robar” del hogar, puedo decir con seguridad que tu predilecta era el repasador. Claro que no uno en particular, sino el concepto del mismo. Repasador que veías, tenía que ser tuyo de una manera u otra.

Lo más maravilloso de este asunto era toda la secuencia que se desarrollaba desde que comenzabas a darle rienda suelta a tu plan.

En primer lugar, esperabas a que yo estuviera muy concentrada en mi computadora. Entonces, simulabas estar dormido para que yo continuara con mis tareas sin distraerme. Una vez que confirmabas que mi mente estaba metida de lleno en el trabajo, te levantabas e ibas en busca del repasador de turno. Con toda tu bocota graciosamente rebalsada de tela, desatabas una caminata cuasi “en puntitas de pata”.

Lentamente te ibas acercando, mirando de reojo, creyendo que yo aún no me había percatado de la escena, pero al mismo tiempo haciendo todo para que eso sucediera. En cuanto lograbas el contacto visual, ¡zás! Empezabas a correr con todas las ganas para que te persiguiera diciendo: “qué tenés en la bocaaaa??? Robasteeee??? Dame esooooooo!!!” Una vez más, cumplías con tu misión: dejaba lo que estaba haciendo para irme con vos. Fantásticamente astuto. Yo, por supuesto, agradecida de que así fuera. 🙂

Sucedía también que te gustaba esconderte en el baño y de repente salir con la toalla entre tus dientes. Estimo que la similitud con el repasador lograba seducirte de manera tal que te incitaba a tu nueva travesura, llevada a cabo, claramente, con la misma táctica “pseudo silenciosa”.

Hoy, siguen pasando los días y aún me fijo dónde apoyo el repasador. Si lo veo muy a mano lo corro y lo pongo más arriba. También chequeo que la puerta del baño esté bien cerrada para evitar intrusos detrás de la cortina de la ducha. Cuando me doy cuenta de lo que estoy haciendo, instantáneamente se me dibuja una sonrisa nostálgica que me llena los ojos de lágrimas.

Porque todavía es pronto, gordo. Todavía es muy pronto. Todavía me sigo preguntando cómo es posible que te hayas ido así con todos los planes que teníamos. Con todos los repasadores que quedaban por robar, con todas las sonrisas que tenías para regalar…

Esta casa es muy distinta. Demasiado. Con Zarah nos miramos todos los días manteniendo esa comunicación tan única que nos enseña que sabemos perfectamente lo que le pasa a la otra. Porque detrás de tus aventuras, estaba ella, tu compinche, quien con sus hermosas garrotas “aplaudía” cada cosa que hacías y en cuanto yo aparecía en acción quería demostrar estar poniéndote los puntos, de modo de quedar bien con dios y con el diablo.

Tengo repasadores que debería tirar a la basura porque tienen secuelas de aquellos días y no se encuentran muy “presentables” ante las visitas. Pero… ¿sabés qué? Yo los guardo. Porque eran tus trofeos más preciados, tus tesoros, tus botines de guerra. Porque cada vez que los veo se recrean en mi mente y más aún en mi corazón, las imágenes de aquellos momentos en los que te corría por todo el jardín con la lengua afuera clamando por mi repasador, y vos, rebosante de alegría, no parabas de saltar en un absoluto éxtasis que me indicaba que si había algo que pudiera graficar la felicidad eso éramos, indudablemente, nosotros dos.  

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