Liam y Yo

LA LLEGADA DE ZARAH

A tus 2 años de edad decidí volver a la Facultad de Periodismo. En aquella ocasión, lo hice para estudiar Profesorado en Comunicación. Como habrás notado por ese entonces tras olfatear mis pertenencias, no sólo llevaba apuntes en mi bolso. También adjuntaba cada día una bolsa con alimento, dado que el edificio estaba repleto de perritos sin hogar. Así fue que conocí a quien, más tarde, se convertiría en tu hermana: Zarah.

Zarah estaba diariamente, junto a otros tantos amigos, esperando su comidita y sus mimos. Yo siempre que llegaba a casa te contaba: “hoy los vi a los chicos, se comieron todo. Vos tenés que tenerme paciencia cada mañana, porque me voy para que ellos tengan aunque sea un pedacito de lo que vos vivís todos los días”. Una vez más, podría jurar que me entendías porque cuando me veías agarrar el bolsito con todas las cosas de la facu me movías la cola.

Zarah en la Facultad de Periodismo

Un día, llegué muy preocupada y te conté que no había logrado encontrar a “la flaca” (como le decía en ese entonces). Temía que algo le hubiera pasado porque estaban todos los demás menos ella. Por eso, cuando regresé a la facultad golpeé cada puerta preguntando por su paradero hasta que alguien me informó que se la habían llevado para castrar porque los demás le estaban encima todo el tiempo. En ese instante, me volvió el alma al cuerpo. “La flaca estaba bien”, te contaba más tarde, mientras te decía que ojalá, finalmente, alguien la adoptara para que pudiera sentir lo que vos sentías.

AMOR

Pasó el tiempo y seguimos compartiendo nuestra cotidianidad como de costumbre, llena de amor y alegría hasta que…

…una tarde de esas lindas de noviembre recibo un mensaje en mi Facebook de difusión animal. Se contactaba una persona de la Facultad de Periodismo para pedirme que difundiera a una perrita que habían castrado e iban a devolver a los pasillos de la institución. En cuanto veo las fotos grito: “la flacaaa!!! Es la flaca!!!!”. Inmediatamente, te miro y te digo “tenemos que ayudarla”. Me devolviste una mirada de esas únicas, que sólo vos podías hacer, con esa capacidad nata de leer en mi mente lo que estaba pergeñando.

Llamé a mi accionar “tránsito”, pero vos y yo sabíamos muy bien que mientras tipeaba esa palabra ya estaba comprando un comedero rosa y, al mismo tiempo, encargando una chapita con nombre y mi número teléfono.

Finalmente, llegó el día en que se instaló en casa. Toda flaca, miedosa, sin pensar que iba a tener de compañero a un alegre regordete, juguetón y eterno bebé.

Aprendiendo de tus mañas

Caminaba despacito, miraba y olfateaba todo. Vos, a la par, feliz de tener visitas. La mirabas y me mirabas a mí todo contento como diciendo: “puedo jugar, mamá, puedo??? Se queda a dormirrrr!!!????”. Te brillaban los ojitos ante el mero hecho de comprender que ibas a vivir un pijama party diario.

La conexión fue perfecta. No hubo gruñidos. Sólo unos cuantos saltos por demás de tu parte. Pero bueno, algo a lo que luego iba a acostumbrarse… así como a adquirir bastantes mañas de las tuyas, como la de pararse a tomar agua de la canilla.

Desde su primera siesta la hicieron bien pegaditos, como si hubiesen estado destinados a ser hermanos. Siempre juntos, siempre respetándose el uno al otro, con los códigos establecidos desde el minuto cero. Jamás pelearon. Eran mi dúo dinámico. Jugaban todo el tiempo, se corrían, y siempre los veía felices. Me generaba paz saber que cada vez que me iba a trabajar se tenían para cuidarse, entretenerse y hacer la espera más amena.

Éramos una hermosa familia. Los tres, siempre juntos. Por eso, gordito, sabrás que no soy yo sola quien te extraña con locura en esta casa. Zarah aún hoy te sigue esperando. El día de tu partida fue realmente desgarrador cuando tuve que volver sin vos. Tenías que verla olfateando cada rincón, yendo de un lado al otro, mirándome desencajada.

Ambas tenemos hoy una pena muy grande que nada ni nadie van a poder sanar, pero, aun así, contamos con la certeza de tu esencia -toda- que nos acompaña y nos alivia un poco el dolor. Porque estoy segura que Zarah, nuestra flaca ya no tan flaca, también te siente cada día como yo. Gracias por ser tan grande chancho! 🙂

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