Liam y Yo

DÍAS DE JARDINERÍA

Como buen colaborador que eras siempre estabas muy predispuesto para dar la pata cuando fuera necesario. Así es que cada vez que me decidía a cortar el pasto no podías faltar merodeando con tu cola alegre que se movía sin cesar de un lado al otro, rescatando juguetes, y, por supuesto, esperando el momento de la sesión fotográfica y el cariño desmedido.

Porque, claro, cada cosa que hacíamos tenía un poco de todo. Nunca nos limitábamos al mero hecho de hacer algo y punto. Teníamos esa manía peculiar de condimentar cada paso que dábamos. Lo hacíamos los dos, obvio, pero siempre voy a darte el mérito a vos. La magia y todo el encanto de mis días durante estos bellísimos 7 años estoy segura que fueron pura y exclusivamente obra de tu autoría.

Cortar el pasto, por ende, era todo un evento, puesto que no siempre significaba tan sólo mantenerlo. Había ocasiones en las que parecía que nos adentrábamos en la selva amazónica porque o la máquina no funcionaba o yo había estado con demasiado trabajo como para ocuparme. Y ciertamente vos, más allá de tu indiscutible inteligencia, no habías aprendido a hacerlo. 😛

Recuerdo que me encantaba decir en chiste que era tan imponente la altura del pasto que ya no te encontraba. Por supuesto que exageraba, pero bueno, a raíz de esa broma se generaba un nuevo juego: “atrape al chancho si puede”. Con una voz distinta, que sólo vos conocés, empezaba: “¿dónde está mi bebé que no lo veo?” y ahí mismo se desataba toda una melodía mientras corríamos, pisando ramitas y pastos extensos.

Era una buena entrada en calor para luego poner manos y patas a la obra. Una vez acordado el fin de la recreación, me esperabas sobre la galería, aplastado con tu lengua afuera, sonriendo, regalándome lo más hermoso que me regalabas todos los días: tu compañía.

Entonces me dedicaba a dejar el jardín a tono para poder disfrutarlo, más tarde, de otra manera, ya sea compartiendo una merienda, una cena, o lo que fuera que se nos ocurriese. Nos gustaba improvisar.

En cuanto terminaba de pasar la máquina, llegaba el momento de recoger todas las montañitas de pasto. Entre ellas, había siempre muchas ramitas, por lo que ese era el instante en que abandonabas tu posición en la galería y tomabas el puesto de “colaborador de turno”.

Era un trabajo muy sincronizado. Yo embolsaba el pasto y, mientras tenía los ojos en mi tarea, vos me robabas una ramita y salías corriendo. Así hasta que encontrabas la última de ellas y lograbas que yo fuera atrás tuyo en cada oportunidad.

Como con cada una de nuestras experiencias, nos divertíamos mucho y después de jugar y correr hasta quedar exhaustos, nos aplastábamos sobre el suelo. Sin necesidad de decir nada, nos entendíamos a la perfección, nos mirábamos fijo, luego dirigíamos los ojos al cielo, volvíamos a los nuestros, nos sonreíamos, y parecía como que ambos nos comunicábamos lo agradecidos que estábamos por tener la dicha de poder sentir el exquisito perfume del pasto recién cortado en tan grata y bella compañía…

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