Liam y Yo

BÉSAME MUCHO

Entres tantas cosas que hacíamos, no podía faltar –obviamente- el besuquearnos todos los días muchas veces al día. Así éramos. Bien pegotes. Vos conmigo, yo con vos. Desde el primer instante que compartimos fue de esa manera. Cualquier ocasión era una buena excusa para un lengüetazo o para que yo te apretujara diciendo “sos muy besuqueable” y vos ahí todo contento moviendo la cola sin parar.

Estuviéramos en casa, en la plaza, donde fuera, siempre era un excelente momento para darnos cariño.

Enseguida ganábamos la atención de quien pasara cerca. Algunas personas sonreían, se quedaban un rato conversando (creo que no hace falta aclarar que lo hacían para preguntar sobre vos 😉 ). Otros humanos relojeaban y hacían una expresión medio rara, como buscándole el chaleco de fuerza a la “loca” que “hablaba con su perro” y lo llenaba de besos. Por último, no faltaban los que miraban ya de lejos, medio con asquito al notar toda mi cara empapada de lengüetazos. Claro, no podían comprender cómo no me limpiaba y yo, por mi parte, no entendía el escándalo, puesto que un horror para mí hubiese sido borrarme de la cara aquellas hermosas muestras de amor.

En casa eran incontables esas escenas, considerando que vos siempre estabas disponible para dar cariño, yo siempre para recibirlo y viceversa.

Había días en que no necesitaba poner el despertador, dado que abría los ojos al sentir toda la humedad en mi cara, seguido de un golpeteo insistente de tu cola contra la pared.

Otra cosa que amaba de vos eran esas cosquillas que me hacías mientras yo trabajaba con la compu. Sentada, concentrada, intentaba fingir que no podía distraerme, pero, honestamente, era imposible!!! Porque ahí estabas vos, sentado al lado, firme desde hacía un buen rato, decretando que ya era hora de un recreo. Entonces, estirabas tu trompa, y te dirigías hacia mi mejilla, mientras yo te decía entre risas, “gordo, estoy trabajando”, frase que te impulsaba a ir en busca de tu juguete porque sabías que, en realidad, lo que quería expresar era: “ok, tenés razón, recreo!!!”, devolviéndote, por supuesto, un beso bien gigantón.

Realmente no puedo dejar de subrayar que me regalaste los mejores 7 años de mi vida. Llenos de amor, alegría, comprensión, amistad. Nunca jamás me sentí sola, ni siquiera cuando algunos humanos se empeñaron en lastimarme fuerte. Vos estabas ahí para decirme que todo iba a estar bien, que nos teníamos el uno al otro, que no había nada en el mundo que no pudiera solucionarse con un buen besazo de los nuestros.

¿Entendés por qué es tan difícil seguir así? Se complica, gordo. Pero bueno, hago mis intentos todos los días y lo cierto es que mi mejor manera de transitar esta cotidianidad sin tus lengüetazos es pensarte. Porque es inmediato y no tengo que hacer ningún esfuerzo. Vos estás ahí, sin que te busque. Apareces solo y me demostrás que nuestros besos me van a acompañar por siempre porque todo lo que vivimos fue lo más sincero que pueda existir. Entonces ahí, sin siquiera tener que cerrar los ojos, te siento. Puedo percibir ese besotón gigante que llega sin aviso y me devuelve la sonrisa, las ganas de volver a creer en que todo es posible porque, incluso ahora que no estás físicamente, jamás vas a dejarme sola. Gracias chancho… Gracias por ayer, gracias por hoy, gracias por siempre!!! 🙂

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