Liam y Yo

MIRADAS

A muchos humanos les cuesta creer que nosotros dos hablábamos y eso es, precisamente, porque no saben comprender que, más que con palabras, nos comunicábamos con la mirada. Conocías a la perfección mis ojos alegres, felices, cansados, enojados, tristes… Descifrabas cada una de mis miradas, así como yo sabía leer muy bien las tuyas.

La foto que encabeza este relato es una de mis favoritas. Realmente recuerdo ese día como si hubiese sucedido ayer. Estaba trabajando en la compu, con mi cafecito como de costumbre, pero, mucho más usual aún, vos ahí, todo chancho, haciéndome compañía, y, de paso, viendo si ligabas algo de mi desayuno. Haber captado esa imagen fue genial porque tu mirada es lo más grande que hay en este mundo. No hacía más que verte para entenderlo todo. Cualquiera hubiese gritado: “por favor!!!! Dale esa galletita que hace un mes que no come!!”. Realmente, tu cara de pobre víctima caída en desgracia era de las cosas que más me divertían. Porque, claro, aunque parezca que estabas pasando hambre, lo cierto era que vos todas las mañanas desayunabas antes que yo, pero, ante la duda, siempre te entraba esa cosita de querer picar algo más. Por ende, bastaba una mirada, una sola, para que yo entendiera que de verdad necesitabas esa galletita. ¿Y yo qué hacía? Por supuesto que, como humana severa que soy, nunca te di… un no como respuesta!!! 😛 Y es que, con esa cara frente a mis ojos, ¿qué otra cosa podía hacer? 🙂

De verdad sabías transmitir con precisión qué es lo que te pasaba. Por ejemplo, cada vez que me tenía que ir a trabajar me deshacía ver esa mirada de desdicha total como si me estuviera yendo por tres meses. Me iba destrozada… pero, antes, me acercaba, acariciaba tu enorme cabezota, te miraba bien a los ojos y te prometía que no iba a tardar mucho. Luego, la frase que ya es conocida en este sitio: “mamá se va a buscar el balanceado de cada día”. Estoy segura de que nos entendíamos muy bien porque, después de ese cruce de miradas, te percibía, más allá de estar muy apachuchable, más confiado en que todo sería como había prometido.

Entre tantas miradas, también estaba la de la culpa. Por mi parte, la experimentada cada vez que tenía que irme sin vos. De tu lado, la cosa venía más cuando te mandabas alguna macana importante y me escuchabas decir… “¿Qué pasó por acá?!!!” Automáticamente, tus orejas descendían con una lentitud peculiar, y tus ojos exhortaban piedad. Entonces, intentaba mantener al menos por un minuto mi firmeza de madre con “autoridad” (¿?) y enseguida te veía mover la cola. De repente tu mirada cambiaba, porque sabías que no estaba retándote, que me resultaba una verdadera misión imposible hacerlo, así que todo tu ser se relajaba, nos olvidábamos de los incidentes y nos entregábamos a los apretujones tan propios de nosotros dos.

Creo que nunca me sentí tan comprendida como cada vez que nos contemplábamos por largos ratos. No existe humano que haya logrado algo así. Porque no había un momento estipulado. Simplemente, sucedía. Sea lo que fuera que estuviéramos haciendo, nos deteníamos, nos mirábamos, y ahí, la paz absoluta, el encanto de lo sublime… vos, yo, nuestras miradas. Sin decirnos nada para algunos, diciéndonos todo, para nosotros. Aquello que me sucediera ese día hallaba solución, respuesta, lo que estaba necesitando aparecía en el instante en que se instalaba esa pausa. Era ahí donde comprendía muchas cosas, fundamentalmente, que no debía preocuparme tanto por las trivialidades de la vida humana, ya que todo lo que necesitaba estaba ahí, en esos ojos tan llenos de inocencia, picardía, incondicionalidad, lealtad, amor puro… porque todo estaba y está en vos, chancho…. Gracias por tanto! 🙂

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