Liam y Yo

HOME OFFICE

Mi Mejor Compañero

Si bien nunca presentaste queja alguna, siempre supe que el mero hecho de verme partir te molestaba un poco, dado que preferías que jamás tuviera que atravesar el umbral de la puerta de calle si no iba a ser con vos.  Como destaqué en otro relato, solía decirte -beso mediante- “gordo, me tengo que ir a buscar el balanceado de cada día”. Lo cierto es que utilizaba la marca del alimento para hacer ese comentario, pero, ante la duda, mejor dejémoslo así… 😛 El tema es que, viendo esos ojos desarmados que despedía cada mañana, siempre me las ingeniaba para concentrar mi mayor carga horaria laboral en mi hogar, de modo de poder tener más instantes a tu lado. Así se iba armando el Home Office más dulce de todos los tiempos.

Todo te lo consultaba

Siempre estabas ahí haciéndome el aguante. Te bancabas, con tu característica paciencia, que pasara horas frente a la computadora, escribiendo, armando clases/informes, analizando libros, respondiendo mensajes, llamados. A veces estilabas dormir una hermosa siesta sobre mis pies, cosa que, fuera la estación que fuera, adoraba. Eras mi peluche viviente, todo suavecito, acariciándome con tu pelo sedoso.

Te Amo Tantooo

Otras tantas te sentabas en la silla a mi derecha, monitoreabas todo, me regalabas más de un lengüetazo y si, por esas cosas de la vida pasaba cinco minutos corridos sin mirarte, me lanzabas un ladrido que me hacía saltar de la silla cual dibujo animado.

Permanecías todo el tiempo pegado a mí. No importaba si llovía, si había un sol radiante, si se trataba de un tsunami, si los gatos del barrio tomaban el jardín. Simplemente deseabas cumplir con tu bella misión de acompañarme. Y nada ni nadie te iban a correr de tu objetivo. Porque, ante todo, bien tozudo me habías salido! 🙂

Siempre Firme!

Amaba eso de vos. Siempre firme. Siempre fiel. Imposible lograr que alguien llegue a igualarte, mucho menos un humano. Porque tu esencia es irrepetible.

Recreo!

Así que pasaba mis jornadas laborales más preciadas con vos, siendo el mejor recreo que podía soñar. Porque, claro, vos estipulabas el momento de distención. Lentamente, con esa caminata peculiar que practicabas al robarme algo, con esa misma pausada destreza, ibas por uno de tus juguetes y me mirabas como revoleando los ojos, insinuando un… “dale, má, aflojá un poco, que me toca desestresarte”. En realidad, querías jugar, lógicamente, pero estoy segura de que lo hacías para que me sintiera mejor. Porque no existe ser en el mundo más bondadoso y desinteresado que vos (aunque con una galletita mediante las malas lenguas opinen lo contrario).

Siempre Juntos!

Tener tu trompota en mi teclado, en mi iPad, en mi teléfono y en mis cuadernos era la parte más placentera de mi trabajo en casa. Era el condimento perfecto para que “hacer lo que me gustaba” se transformara en “hacer lo que amaba”.  Letras e ideas desparramas, libros, música, textos en español y en inglés, escritos reescritos mil veces, mate, tostadas, todo eso merodeaba por esta mesa en aquel entonces, pero juro y juraré por siempre, que lo mejor de todo, el mejor compañero que podía tener en el mundo mundial eras, definitivamente, vos. Con tus babas en mi ropa, tus pelos por doquier, tu olor a perro mojado los días de lluvia, tus improvisados “provechitos” de cerca, tus cataratas inmediatas sobre mi pantalón al terminar de tomar agua, tu sonrisa perfecta siempre intacta… todo vos es lo que siempre necesitaba, nada más. El resto fluía, se acomodaba, cerraba como fuera. Pero vos, vos ahí, pegadito a mí, eras todo y más.

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