Liam y Yo

EL VIAJAR ES UN PLACER

De las tantas cosas que tenemos en común, hoy me gustaría destacar el intenso entusiasmo por pasear sobre ruedas. Amabas subirte al auto aunque sea para acompañarme a guardarlo en la cochera. Por más mínimo que fuera disfrutabas de ese viaje al máximo. Porque, por supuesto, yo te iba “conversando” y cantando alguno de nuestros hitazos, todos teniendo como tema principal lo hermoso y bebé que eras, obviamente.

Mis mejores viajes, siempre con vos

Recuerdo que cuando salíamos a caminar te acercabas a cuanto auto estacionado encontrabas y yo te decía: “no, gordo, ese no es el nuestro, no hagas lío” y me mirabas como diciendo: “¿y entonces? ¿Cuándo nos escapamos juntos?”. Porque siempre jugábamos con eso, yo te apretujaba -para variar- y te prometía “huir hasta el fin del mundo y olvidarnos del resto”… así de románticos eran nuestros días… 🙂

Amor del bueno

Es que me fascinaba verte por el espejito porque siempre me encontraba con tu sonrisa perfecta. No había manera de pasarla mal. No me importaban los ansiosos de los semáforos, ni las miles de infracciones que veía cada dos cuadras. Podía ver pasar al mayor histérico al volante, característico en esta jungla platense, que no lograba siquiera moverme un pelo. Nada me afectaba porque sabía que iba con mi “bebé a bordo”, mi prioridad, la razón de mi felicidad.

Eras un excelente pasajero. Te subías con tu estilo peculiar de chancho delicado, tomándote tu tiempo para acomodarte en el asiento de atrás y ahí te quedabas porque sabías que no podías distraer a la conductora. Mirabas por la ventanilla y deleitabas a peatones y autos con tu majestuosa presencia. Bastaba detenerme en un semáforo para observar cómo se transformaban aquellos rostros. De repente, todo era sonrisas y miradas tiernas. Entonces ahí comprendía que ellos te habían visto, con esa alegría que te brotaba de todo tu ser, al mismo tiempo que descubrían que era a vos a quien yo, con el asiento del acompañante vacío mediante, le hablaba.

Porque siempre te “charlaba” y, en reiteradas ocasiones, se armaban interesantes conversaciones en las que no me avergüenza admitir que simulaba tu propia voz en una especie de intento por responder a mis interrogantes o de saber cómo había sido tu día mientras yo había estado trabajando. Tus contestaciones iban variando. Generalmente, me contabas sobre nuevos juegos que habías inventado, charlas con tus juguetes, o alguna peli que habías visto (porque, claro, te dejaba el televisor prendido). 😛

Así que entre charlas, sonrisas vía espejo retrovisor, canciones nuevas y clásicas, se pasaba nuestro viaje de modo tal que nunca calculábamos el tiempo. Porque nosotros no nos fijábamos en eso. Lo nuestro siempre fue la calidad de los encuentros. Y lo cierto es que pasábamos muchos ratos juntos y todos esos ratos eran sublimes desde que nos despertábamos hasta que nos acostábamos.

Te Amooooo!!!

Por esta razón, cuando elegíamos realizar una actividad que tanto nos gustaba como, en este caso, lo era pasear en el auto, exprimíamos cada instante porque sabíamos que era único e irrepetible. Éramos el mejor ejemplo de la reciprocidad absoluta, de la complicidad nata. Y eso se reflejaba en cada cosa que hacíamos. Por eso, viajar con vos, dos cuadras o durante horas, era verdaderamente un placer. Porque manejábamos un código común que se traducía en naturalidad, en fluidez de principio a fin. Nada era forzado. Entre los dos, todo era una invitación al disfrute pleno, a imaginar que por fin nos olvidábamos “del resto” y huíamos juntos al paraíso eterno. 🙂

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