Liam y Yo

TU SONRISA, MI MOTOR

Como ya vengo destacando en reiteradas ocasiones, algo que me fascina de vos es tu sonrisa, característica que no debe ser mencionada en pasado porque la tengo siempre presente, bien grabada en mi mente y, sobre todo, en mi corazón. Porque sí, aunque algunos humanos gusten en contradecirme, insistiré hasta el último día de mi existencia en que tenías la capacidad de reír y sonreír.

La primer sonrisa que me regalaste

Desde muy chiquito me regalaste esos momentos únicos en los que bastaba solo con mirarte para que me devolvieras una cálida sonrisa.

A veces, cuando intentaba hacerme la seria y te pedía explicaciones referidas a tus travesuras solía decirte: “y yo no me estoy riendo eh, no entiendo de qué te reís vos”. Situación que se volvía más cómica aún porque empezabas a mover la cola con mayor velocidad sabiendo que, más que un reto, era una invitación a extender tu sonrisa de oreja a oreja.

Siempre Feliz

Recuerdo cuando me ponía a limpiar los pisos y se me olvidaba cerrar la puerta para que no pisaras sobre lo que todavía permanecía húmedo. Te asomabas por el umbral y yo te decía, “gordo, quedate de ese lado que estoy limpiando”. Entonces, con un movimiento lento y estudiado, adelantabas una pata. Ahí mismo indagaba… «¿qué estás haciendo?» Por lo que te detenías, mi mirabas fijo, desatabas una afinada melodía con tu cola golpeando la puerta y volvías a sonreír. Por mi parte, intentando aguantar la risa, ensayando para el Oscar, ponía mi mejor cara de madre inquisidora y soltaba un… ¿de qué te reís?! No es gracioso ehh.”

Por esta razón, limpiar el departamento llevaba mucho más tiempo que el que le tomaría a otro ser humano viviendo en otras condiciones. Pero bueno, ese era su encanto, no? Porque, después de todo, en lugar de enojarme por tener que pasar el trapo varias veces, comprendía que de esa manera se generaba una nueva aventura juntos, otro juego, otra forma de disfrutarnos.

También, cuando me tocaba trabajar desde casa, vos siempre firme al lado mío, estabas ahí para recordarme cuándo era el momento indicado para tomarme un descanso. Bastaba simplemente con dirigir mis ojos hacia los tuyos para que luego de que me agasajaras con un gesto tan dulce como era aquel que se dibujaba en tu rostro, te sacudieras al ritmo de “es hora de un merecido relax, vamos a jugar!!!”.

No hubo un día en que no me regalaras esa expresión tan hermosa. Porque nacía de tu corazón, el más puro y bondadoso que conocí. Te brotaba desde los ojos, con esa mirada única e irrepetible. Verdaderamente era mi motor para todo, tanto cuando la presenciaba como cuando estaba lejos de casa. Siempre sabía que contaba con tu sonrisa. Era mi recurso para volver a sentirme bien cuando algo me bajoneaba. La llevaba conmigo a donde fuera.

Tu sonrisa, mi motor SIEMPRE

Hoy, que ya no estás físicamente a mi lado, sé que no estoy sola. Aún siento tu sonrisa. Todavía me acompaña a donde voy. Porque esa sonrisa era y es, básicamente, tu propio recurso para demostrarme que toda tu paz, toda tu maravillosa energía, siempre va a estar en cada paso que doy. Porque no se trata de una sonrisa cualquiera. Se trata de la sonrisa más sincera y bella que pude conocer. Se trata de mi verdadero motor para avanzar con todo, sea cual fuere el terreno que me toque recorrer. Gracias, chancho, una vez más! 🙂

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