Liam y Yo

NO CULPES A LA LLUVIA

Si ya es de público conocimiento tu amor por el agua, es lógico contar hoy que las lluvias eran sinónimo de gran disfrute para vos. Sobre todo en este día en que a nuestra ciudad la sorprendió un importante temporal. Porque no pude evitar imaginarnos a los dos. Yo, inquieta, cerrando ventanas, controlando que no entrara agua, haciendo la danza del antigranizo. Vos, intentando abrir lo que yo cerraba, preguntándote por qué teníamos que estar encerrados cuando la diversión estaba afuera.

Chancho pasado por agua

Es que, sí, cualquier ocasión que involucrara agua debía tenerte como protagonista. Y la lluvia era todo un acontecimiento. Parecía como que el cielo cumplía tus deseos y te regalaba baldazos de felicidad.

Te encantaba correr maravillado por el jardín, intentando atrapar gotas con tu boca, para luego revolcarte hasta generar un barrial considerable y culminar con una sacudida que yo siempre observaba como si la hicieras en cámara lenta, cual publicidad de Shampoo. Obviamente que, más allá de la magnitud de tu majestuosidad, no era recomendable estar muy cerca en esos momentos porque salpicabas de manera tal que lo que sea que tocaras terminaba en una grandiosa obra de arte a veces un tanto difícil de borrar.

Mi chancho modelo

Era tan grande tu pasión por la lluvia que, lejos de cancelar un día de paseo, nos íbamos a la plaza igual (siempre y cuando no fuera una tormenta peligrosa, claramente). Para esos momentos, como lo tuyo era el modelaje, por supuesto que contabas con vestuario especial: tu piloto amarillo.

Cada vez que salíamos a dar una vuelta bajo la lluvia sonaba la bocina de cuanto auto pasaba cerca y nos frenaba todo ser humano que caminaba en la misma vereda sólo para subrayar tu extremada belleza y la ternura que desprendías al vestir atuendo tan peculiar. Como siempre, recibías los cumplidos con tu humildad característica, sonreías, esperabas un mimo y devolvías un contundente movimiento de cola en señal de agradecimiento.

El chancho más feliz del mundo mundial

Tu alegría era tan contagiosa que yo olvidaba que no tenía paraguas y me entregaba a ese disfrute que me habías enseñado. Siempre caminando a la par, me mirabas con esa cara de chancho contento, con tu capuchita amarilla, y yo te sonreía, permitiendo que la lluvia recorriera mi rostro, mi pelo, mi cuerpo entero; comprendiendo con mayor profundidad el significado de tus lecciones. Nada como valorar aquellas pequeñas cosas que esconden la inmensidad misma.

Dicen por ahí que «ensuciarse hace bien»

Tras sacarnos las ganas del relax húmedo, llegábamos a nuestro hogar dispuestos a pintar los pisos con nuestras huellas. Luego, vos esperabas que yo te secara bien y pusiera a lavar tu pilotito para proseguir a cambiarme, poner nuestra cueva en orden y limpiar nuestras expresiones artísticas del suelo. Como siempre, servicial ante todo, solías robarme el trapo de piso para hacer mucho más amena mi labor de ama de casa desesperada. 🙂

Te Amooo!!!

De esa manera transcurrían nuestras jornadas lluviosas, entre paseos, juegos, risas, pisos sucios, ropa embarrada, fragancias exclusivas de París by Golden Retrivé Humedé y todo aquello que dictaba nuestra imaginación. Por ende, Luis Miguel tenía razón al final, la cosa no era culpar a la lluvia, puesto que aquellos regadores que nos llegaban del cielo se traducían en verdaderos aprendizajes, en instantes únicos, en sí, en los momentos más felices de nuestras existencias.

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