Liam y Yo

TU CAJITA

Desde tu primer día en casa te hiciste muy apegado a una caja de cartón en donde dormías de noche, al lado de mi cama, a modo de cuna. Por supuesto que tuviste lechos más lindos y confortables a lo largo de tu vida, pero esa cajita, era mucho más que eso para vos. Era, al mismo tiempo, tu parque de diversiones.

Siempre demostrando que entrabas, así nadie te la sacaba!

La cajita tenía un colchón, una sabanita y, por supuesto, juguetes. Porque, sí, donde fuera que estuvieses, había juguetes.

Al principio pensé que iba a durar, como mucho, una semana, pero no. Verdaderamente sí que la supiste cuidar. Quizás porque ahí, entre tu “ropa de cama”, guardabas las cosas que me robabas. No lo sé. El tema es que te hacías grande y aún te querías meter en la cajita. Incluso llegaste a meterte con Tomás ahí adentro. En serio que no miento cuando digo que se trataba de un lugar de entretenimiento para vos.

Siempre juntos ustedes dos. La cajita no era la excepción

Por mi parte, sentía que era una forma de despertarme a la noche para atender a tus necesidades de cachorro. Porque, claro, madre 24 horas, no podía con mi genio y, temiendo que lloraras o te sintieras mal, estaba alerta aun dormitando.

Sin embargo, nunca lloraste de noche. Por ende, mi preocupación empezó a centrarse un poco en mi calidad de sueño, ya que me costaba alcanzar la profundidad por tiempo prolongado. Y no precisamente porque estuvieras mal. Al parecer, la madrugada era TU momento. Te encantaba pararte en dos patitas en la cajita y ver si llegabas a morder alguno de mis pelos que descansaba sobre el borde de la cama (porque, sí, dormía pegada a tu cajita). Cuando notabas que no era suficiente, optabas por otros recursos como juguetes sonoros o hasta algún ladridito agudo. Si aún de ese modo no lograbas tu cometido, te ponías amenazante, rasqueteabas con fuerza la cajita y me mirabas de reojo como deslizando un desafiante “mirá que la rompo ehh…”. Todo para conseguir mi atención. Para que, finalmente, saltara de la cama a jugar con vos.

La cajita siendo víctima de un llamado de atención

Al principio me costaba alcanzar la percepción de la realidad porque, a esas horas, estaba muy dormida, pero luego, una vez que me incorporaba, me olvidaba del reloj y cumplía con tus caprichos (adiestradores, maestros y directores de escuela, abstenerse… sí, fue un malcriado! – Y A MUCHA HONRA!!! 😉 ).

Confieso que en ocasiones miraba a la cajita con ganas de hacerla desaparecer, pero después, te veía ahí, en pleno disfrute, y se me pasaba.

Casa Tomada

Porque no limitabas su uso a la noche. Era tu cuna ambulante. A veces, la ponía al lado de mi silla mientras daba clase y vos aprovechabas para darte esa buena siesta tan necesaria producto de tus arranques noctámbulos. Otras tantas, simplemente la movías por todo el departamento para tener tu propio salón de juegos donde más quisieras.

Por eso, dejé que la cajita perdurara el tiempo que vos consideraras apropiado. Entonces, así fueron meses, hasta que descubriste que ya tan solo te entraba una pata y era momento de decirle adiós a tu manera: haciéndola pedazos. Porque, si era un parque de diversiones, debería terminar como tal, a puro deleite. 🙂

2 Comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *