Liam y Yo

SPA DE BARRO

Otra de las tantas cosas dignas de admirar era tu capacidad para transformar algo que a los ojos de algunos puede ser desagradable en una experiencia absolutamente placentera. Así era tu relación con el barro. Porque, claro, a él llegabas cuando intentaba regar la aridez de nuestro antes llamado “jardín”, al pasearte muy campante bajo la lluvia o cuando arrastrabas algún tarrito/palangana por ahí.

Ante la duda, «yo no fui»

La expresión de tu rostro iba mutando. Al principio, felicidad plena, goce sin medida. Luego, cuando notabas mi presencia, ante la duda, ponías cara de desdichado, como si alguien más te hubiese embadurnado todo el cuerpo. Responsable, jamás. Víctima, siempre. Tus caras de “yo no fui” entran en mi ranking de expresiones favoritas.

Lo mejor de todo es que yo no te retaba, tan sólo soltaba un simple… ¿Qué estuviste haciendo?  -Aparentando estar seria, tratando de contener la risa que me generaba observar cómo se te desarmaban los ojos en pos de dejar muy en claro que vos no habías tenido nada que ver, a pesar de presentarte teñido completamente de color marrón oscuro y portar aromas extraños.

Al final, algún pastito quedaba :-p

Aun así, mi hermosa bola de pelos mugrienta, yo te amaba con todo al igual que hoy, y te apretujaba aunque estuvieras todo sucio. Porque de eso se trata el amor. Yo no veía ni olía lo que otros tal vez sí. Yo te miraba y ahí estabas, haciendo, una vez más, algo que me sacaba una sonrisa, que me llenaba el corazón de alegría. Al mismo tiempo pensaba y sentía pena por aquellos que miraban con terror mis pisos y mis muebles blancos: realmente me apenaba su situación. Porque, mi ecuación era la siguiente: casa impecable al 100%, libre de pelos, ni un solo rastro de tierra, perfume a desodorante de ambiente bien fuerte… mmm… eso básicamente me daba como resultado una casa un tanto vacía, muy limpia, claramente, pero demasiado triste para mi gusto.

Hacías tratamiento facial y todo!

Lejos de hacer apología del desorden y la mugre, confieso que me quedo con mis muebles manchados, mis pisos barridos y trapeados millones de veces al día y aun veteados con tus pelos. Elijo el olor a perro mojado, embarrado, a chochán con todas las letras antes que a esas “fragancias del bosque” que le quitan distinción al hogar. Porque, justamente, tus huellas eran las que hacían de esta casa un lugar distinto, único, mi verdadero lugar en el mundo.

Así todo embarrado te apretujaba igual y te llenaba de besos!

Así embarrado como aparecés en las fotos, te subiste a mi cama, con un acolchado blanco impoluto. También me diste más de un abrazo cuando yo estaba por salir y vestía algo muy claro. Pintaste las paredes del patio, las de adentro. Te encargaste de que todo el jardín se convirtiera en tu gran spa de barro y no quedara ni un solo pastito. Decoraste el tapizado de mi auto dos días después de que lo llevara al lavadero. Firmaste los pisos de la casa, todos, sin dejar un solo cerámico sin tu marca personal.

Con vos, así, todo sucio, oloroso, con millones de travesuras a cuestas, no necesitaba nada más. En sí, creo que vos, tu compañía, tu esencia toda, húmeda, llena de barro, eran mi lugar en el mundo. Corrijo: no creo. Estoy segura.

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