Liam y Yo

VOS, YO, LA PLAZA…

Desde el primer día que pisaste una plaza hasta el último dejaste muy claro que para sentirse bien no hace falta hacer mucho, solo caminar un poco, dejarse llevar y recostarse un buen rato sobre el pasto. Y sí, desde muy chiquito ya estabas dando lecciones. Por ende, cómo no dedicarte cada uno de mis días si gracias a todo lo que aprendí de vos hoy la vida se me hace un poco más “sencilla” sin tu presencia física conmigo.

Mi peluche favorito

Pero bueno, no nos pongamos tristes. Volvamos a nuestras placenteras salidas, esas que no tenían carga horaria estipulada. Podrían ser horas como minutos porque de eso se trataba, de disfrutar al máximo. Y si bien la vida de los humanos nos tiene muchas veces de aquí para allá vos sabés que, de alguna manera, siempre aparecía una excusa para escaparnos un rato, para complacer a la mente que tanto necesitaba despejarse y regalarnos un momento a los dos, sin importar ni el resto, ni los relojes; nada ni nadie más hacían falta en esos instantes, sólo vos, yo y, por supuesto, la plaza.

Recuerdo el primer día, estabas muy explorador, queriendo conocer cada rincón. Mirabas y olfateabas todo. Eras un peluche con una colita a pila que se movía sin parar.

Siempre haciendo amigos

Una vez ya convertido en vitalicio tenías tus propios amigos. Sin miedo, sin prejuicios, hasta jugabas con un pitbull. Otro dato para agendar como humanos: ustedes no juzgan, simplemente se brindan, se animan y, de ese modo, todo se desarrolla naturalmente, sin vueltas, sin más que demostrar que las ganas de encontrarse con el otro. Voy a continuar sosteniendo que si aprendiéramos a ser aunque sea un poquito como ustedes, el mundo sería un lugar mucho más lindo, libre y feliz.

Mi lugar en el mundo, siempre con vos

En estos 7 años no hubo uno en que no visitáramos la plaza. Mate a cuestas, tu huesito con bolsitas, una botella con agua, tu tarrito, un juguete y unos cuantos pañuelitos para limpiar tus babotas excesivas. Sí, verdaderamente salía con el bolso de “Wonder Mummy” en cada paseo.

Amaba ver la felicidad que emanabas cuando te dabas cuenta de que tenía la correa en la mano. Saltabas, ladrabas, y, como voy a seguir insistiendo, SONREÍAS. Esperabas a que revisara que esté bien segura para salir, y ahí nomás tomabas un pedazo entre tus dientes para demostrarme que vos podías llevarte muy bien, que, de hecho, eras vos quien ibas a pasearme a mí. Porque así era. Yo me entregaba en esos momentos a tus intereses y necesidades. Admito que al tercer arbolito solía preguntarte si de verdad era necesario, pero, igualmente, me reía y esperaba paciente a que dejaras tu firma.

Verte tan contento, mi felicidad

Contrariamente a lo que piensa el resto, siendo vos tan grandote y yo de contextura un tanto “pequeña”, no salía volando porque teníamos un código único. Te miraba y te decía “vení con mamá, si vas a ir adelante solo no salimos más”. Entonces, me devolvías una expresión desgarradora y te ponías al lado mío, yendo siempre “juntos a la par”.

En paz y con la sensación de haber conquistado el mundo, llegábamos los dos, sin preocupaciones, dispuestos a pasar un rato único e inentendible para quienes se sorprendían de cómo te hablaba. Yo creo que lo que más tenía desconcertados a los escépticos era el mero hecho de que se volvían testigos de la comunicación entre los dos. Porque sí, nos entendíamos muy bien. Sabía que no hablaba sola, te hablaba y vos, a tu manera, me contestabas.

Amor eterno

Hoy fue un día de mucho sol y realmente no pude evitar derramar unas cuantas lágrimas al pensar en llevarte a pasear, el mejor plan de todos los tiempos. Fue verdaderamente angustiante. Pero, si bien la tristeza es algo inexorable, decidí que en el mismísimo instante en que me sentara a redactar estas líneas iba a sentirte un poco más cerca… y ahora, ya llegando al final, puedo asegurar que así fue, por lo que he decidido reinventar una vez más lo que me pasa y, de aquí en adelante, cada jornada soleada me va a encontrar haciendo el siguiente ejercicio: voy a cerrar los ojos y elegir uno de los tantos días que vivimos juntos, en donde fuimos vos, yo, la plaza y la felicidad absoluta. Porque simplemente pensarte, recordarte, me hace sonreír y eso es lo que más valoro en esta vida… Gracias Chochán!

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